MARVIN, MIGRANTE AMBIENTAL: “QUIERO QUE MIS HIJOS NO PASEN POR LO QUE NOSOTROS ESTAMOS PASANDO”.

Tijuana. - El paisaje urbano y árido de los cerros que bordean al Centro Integrador para el Migrante “Carmen Serdán” (CIM) es la vista de todos los días para Marvin Estuardo y su familia, quienes viven desde hace algunos meses en este albergue gubernamental.  

Las circunstancias en las que llegaron a México han sido difíciles, como lo son las de muchas otras personas migrantes que buscan oportunidades de cruzar a los Estados Unidos para encontrar un empleo, estabilidad, y poder ofrecerles a sus hijos una educación que les permita construir una nueva vida. 

Y es que la vida de Marvin y su familia en su comunidad rural en Izabal (Guatemala) cambió drásticamente en noviembre del 2020 a causa del desbordamiento de río Motagua. El caudal de éste creció a niveles inesperados debido a las lluvias e inundaciones desencadenadas por los huracanes “Eta” y “Iota”, de categorías 4 y 5 respectivamente en la escala Saffir-Simpson, que azotaron Centroamérica y dejaron 7 millones de personas damnificadas en diez países de esa región, del Caribe y en México.   

El impacto de los huracanes, las tormentas tropicales, el incremento del nivel del mar y las sequías se han convertido es una causa más de la movilidad de personas que, en una embestida de la naturaleza, pierden su patrimonio y sustento. A estas personas se les conoce como “migrantes climáticos”, personas que han sido desplazadas por los cambios medioambientales y los desastres.  

Marvin, es un hombre modesto y tranquilo. Siempre mira a sus hijos con mucho orgullo. En ellos encuentra el motivo para seguir adelante; en ellos ve el futuro. El presente lo perdió por las inundaciones causadas el pasado año por dos huracanes. Está con ellos en Tijuana, noroeste de México, cerca de Estados Unidos. 

“(En Guatemala) yo me dedico a la agricultura. Me sale trabajo en una compañía bananera, pero no es todo el tiempo. Nos dedicamos más que todo a la tierra, a vivir de los granos básicos, cosechar y vender nuestros productos para lograr el sustento de nuestros hijos y sacarlos adelante, vivir del día a día, prácticamente”, explica.  

Al vivir en un lugar alejado del río Motagua, la familia de Marvin jamás imaginó que se avecinaba la destrucción de la comunidad, los campos de cultivo y su hogar: “Cuando a nosotros nos dijeron que venía ‘la llena’ (crecida del río) no lo creímos. Llovía poco pero no sabíamos que en el occidente del país estaban grandes tormentas, un río que viene de Honduras se llenó por completo, terminó de llenar el río Motagua”, cuenta. 

Las alertas sobre la creciente del río no llegaron de manera temprana para acatar las medidas de desalojo y prevención que requerían las familias, Marvin relata que tardíamente fueron notificados de la llegada y estragos que estaba dejando “Eta”. Esta situación cambió cuando se aproximaban las lluvias que generó el huracán “Iota”, unos días más tarde.  

La crecida del río “Motagua” y las inundaciones fueron implacables en la comunidad de Marvin, el río se desbordó llevándose consigo a animales, inundando cosechas, los cercos que se construyeron se vinieron abajo.    

Karen, su esposa, asiente. Marvin da detalles del dolor que le produjo recordar el desastre. Su voz tranquila y palabras elocuentes dan un giro inesperado cuando comparte la historia de su caballo.  

“Yo tenía un animalito (…) para jalar el producto, el maíz, la yuca... Me salía trabajo también de jornalear para sacar productos, para sacarlos afuera del campo, al camino para agarrar el autobús o el carro para sacar el producto a los mercados, y también se lo llevó (la inundación), se murió el animalito, lo perdimos, se perdieron cercos, se perdió todo”, recuerda. 

Sin su parcela de cultivo ni animal de carga y sin un empleo en la bananera donde tenía ocasionalmente trabajos temporales, la familia de Marvin y Karen se quedó sin un sustento: “Moralmente sentí feo porque toda la comunidad quedó incomunicada, todo se perdió, es muy difícil (sollozos)”, expresa Marvin.  

A su lado, con voz entrecortada, la esposa interviene. Ayuda a su marido a explicar la angustia: “Mis niños querían comer y no teníamos nada. Era muy duro pasar eso y tomamos la decisión de salir de ahí. No teníamos otra opción”.  

La decisión de migrar fue difícil para la familia, pero ante el panorama desolador que se vivía en la comunidad, sin expectativas de recuperación ni apoyos económicos se vieron prácticamente sin alternativa. Ahora queda mirar adelante: “Yo lo que quiero es que mis hijos no pasen por lo que nosotros estamos pasando. Es muy duro que ellos vuelvan a vivir esto”, indica Marvin. 

Sabe, que el relato que ha compartido permanecerá en la memoria de sus hijos e interlocutores, también, que su mensaje puede trascender para hacer un llamado a las autoridades de su país para que tomen acciones de preparación y alerta temprana ante un desastre que amenace a comunidades remotas y brinde el apoyo que se necesita para la reconstrucción.  

Texto: Cesia Chavarría 

Foto: Alejandro Cartagena 

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