Historia
20 Ago 2022
By: Lourdes Salgado
Voluntarias del albergue La 72 en Tenosique, Tabasco. © Alejandro Cartagena/OIM México
Tabasco (México) - Esta historia es un pequeño homenaje a quienes tanto hoy en el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, como todos los días, entregan de corazón una parte de sí para hacer mejor el camino de las personas migrantes y de otras personas en condiciones de vulnerabilidad que les necesitan.  

“El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz.”, Madre Teresa de Calcuta.  

Pero a veces servir también cansa y duele. Por naturaleza, estamos acostumbrados a poner la mirada en los ojos de quienes sufren ‘más’. Personas que han dejado sus hogares en busca de una vida mejor, quienes traen cargando sueños, ilusiones y a veces mucho dolor… ¿pero qué pasa con quienes les atienden a ellas/os día a día: personal de albergues, de centros de asistencia, de organizaciones humanitarias, voluntarias/os, y todas aquellas personas que les asisten de alguna manera? 

Estas personas, con quienes llegan a pasar gran parte del tiempo, absorben como esponjas su sentir. Comparten sus anhelos y preocupaciones. Platican, tienen cientos de cursos, talleres, dinámicas  como parte de las llamadas actividades de atención psicosocial dirigidas a beneficiarias/os; pero ¿quién ve por el personal que les atiende?, ¿cómo sanan al interior para dar una mejor versión de sí mismos a quienes sirven? 

 

“Cuando vivimos situaciones difíciles también nos golpea a nosotros emocional y moralmente en todo, porque no tenemos dónde refugiarnos, no tenemos alguien que venga a decirnos ‘vamos a hacer esto en favor de ustedes’. Es un tema donde sí hace falta el trabajo de contención para el equipo, porque no platicamos de lo que vivimos y cómo lo vivimos”, asegura Juan Carlos Cañaveral, administrador del albergue Belén en Tapachula, Chiapas.

Juan Carlos Cañaveral, administrador del albergue Belén en Tapachula, Chiapas. © Alejandro Cartagena/OIM México

Aunque el común denominador en distintos espacios es hablarlo y crear redes de apoyo entre los mismos equipos dedicados a la labor humanitaria, no deja de ser todo un reto el encontrar maneras de procesar todas las experiencias y emociones vividas al tratar con población migrante. 

“Hablar entre nosotras y con las personas más cercanas nos ayuda un montón pero igual el tema sigue siendo complicado de una u otra manera, porque el hecho de estar inmersas todo el tiempo en esta realidad, vivir con la gente 24/7 y el compartir tantos espacios, pues dificulta el desconectarse completamente de lo que pasa”, comparte Natalia Carvajal, voluntaria del albergue La 72 en Tenosique, Tabasco.  

Por su parte, Rocío Santos, psicóloga del albergue Amparito en Villahermosa, Tabasco, cuenta que busca atención psicológica para ella como una forma de tratar estas vivencias para tener mejores herramientas para manejarlas. 

Otro método utilizado por algunos para depurar lo que viven y escuchan cotidianamente es meditar, así liberan el estrés, conectan con ellos mismos y vuelven a su centro. 

Rocío Santos, psicóloga del albergue Amparito en Villahermosa, Tabasco. © Alejandro Cartagena/OIM México

“Yo lo que hago es escribir. Llevo una bitácora y ahí voy vaciando todo aquello de lo que me voy llenando, y a veces lo hablo con los amigos, necesitamos un círculo de confianza para contar y compartir”, apunta Fernanda Acevedo, coordinadora general del albergue Hospitalidad y Solidaridad en Tapachula.

Fernanda Acevedo, coordinadora general del albergue Hospitalidad y Solidaridad en Tapachula. © Alejandro Cartagena/OIM México

Sin embargo, a pesar de los momentos duros, el sentimiento de empatía e igualdad permea en cada espacio. Ese sentir es un recordatorio diario de por qué hacen lo que hacen quienes se dedican a la asistencia humanitaria. 

“Asistir a tantas personas que tienen necesidad representa sentir su dolor. Si tú no sientes el dolor del otro, no hay necesidad de estar en este lugar”, afirma Juan Carlos.  

“El trabajo que hacemos nos marca el corazón y la vida. Si son personas que las ves en el día, vas conociendo sus historias y creando lazos. Dedicarse a esto vale totalmente la pena. Yo de profesión soy ingeniera ambiental, pero dejé todo lo que estaba haciendo y di un salto a lo social porque es algo que me tocó, me marcó mucho y ya no puedo seguir en una rutina de ‘no pasa nada’, porque sí pasa y necesito hacer algo, poner un granito de arena”, añade Fernanda.  

Carmen Civera, voluntaria del albergue La 72, confiesa que ha tenido múltiples trabajos y ninguno la ha llenado como éste: “por más demandante que sea, cada día me voy a dormir pensando que estoy haciendo lo que me gusta. No hay nada comparado a esa sensación de decir ‘sí, ha sido un día duro, cansado, lo que sea, pero ha sido haciendo lo que me hace feliz, que es estar con la gente y ayudarles’”. 

Conmemoraciones como el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, que este año está orientado al esfuerzo colectivo de comunidades enteras para apoyar a quienes lo necesitan,  son una gran oportunidad para reflexionar sobre la importancia de procurar el bienestar de cada una de las personas que integran esas comunidades y generar más mecanismos de apoyo emocional como charlas en sesiones grupales, cursos y atención psicológica para el personal, con lo cual se logren uniones más fuertes que alivien el sufrimiento y brinden esperanza a los demás.  

 

 

Texto: Lourdes Salgado 

Fotos: Alejandro Cartagena